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23 de Febrero, 2007


carlos costa grajales, uruguay

                                El abanico de nácar

 

                Otoño del 56. Buen año para mi abuelo.

El girasol había rendido y el ganado cotizado más que cinco años atrás.-

Se dieron el lujo de clase media burgués: viajar a Europa durante tres meses, recorrer casi todo, no ver nada, volver cansados y mezclando en el recuerdo ríos y montañas, ciudades y puertos...                Igual eso no importaba. Todos hacían lo mismo. Lo que valía era irse a Europa en viaje de placer.-

                Mi tía contaba entonces con  veinte años  recién estrenados. No era bonita, pero sí elegante, de cuello largo como un cisne negro y con la piel cetrina que heredó de abuelo.-

Delgada, mucho, con largas piernas flacas  y sin otro adorno que un collar de perlas de tres vueltas enroscado.-

Usaba sombrero y eso a mí me llamaba poderosamente la atención.-

                Revolviendo en el desván de la vieja casa, limpiando, tirando, yendo y viniendo los recuerdos, mamá y yo deshojábamos margaritas: esto sí, aquello no... .

Había que entregar la casa en cinco días.

La vieja casona, al fin se había vendido. No fue fácil para los agentes inmobiliarios, tardaron más de un año en encontrar interesado en aquel enorme caserón viejo y enfermo. Resultó ser un joven médico que lo usaría como geriátrico. Las grandes y numerosas habitaciones, la galería extensa y vidriada eran especiales para ese fin.-

                Hurgando toda una mañana; guardando y tirando, esto sí, esto no, encontré el abanico de nácar... parte de él.-

Lo  trajo la tía, de su viaje, todavía orgullosa, resplandeciente, todavía ilusionada.-

Lo mostraba con pudor y vanidad. Sus amigas lo elogiaban y ella con media sonrisa, halagada, volvía a cerrarlo y lo guardaba otra vez en su estuche de raso.  Intacto.-

Siempre quiso mantenerlo así; a punto tal que lo usaba una vez al año, para la nochebuena en la misa del gallo.-

Las luces que alguna vez tuvo la parroquia., aquellas   lujuriosas,  ostentosas lágrimas de cristal, símbolo de una época de bonanza, de fundaciones de villas, de traer todo del “otro mundo”, brillaban junto con el nácar  formando arco iris,  mientras  la luz se esparcía a cada movimiento que la tía le imprimía sabiamente con su mano, al mecerlo cual niño en su cuna.-

                El primer recuerdo de  ese abanico se remonta a mis siete años. La tía lo  mostraba orgullosa a una prima lejana residente en la capital y que estaba de visita obligada en el pueblo recorriendo casa por casa toda la parentela.- Ambas cuchicheaban por lo bajo algo que yo no entendía.

                Aprovechando ese  momento de distracción tomé aquel preciado objeto, vedado para mí, y al instante la tía y la prima espantadas intentaron quitármelo. En el forcejeo se rompió.-

Mi tía y yo vimos en cámara lenta volar hasta el techo las  delgadas plumas de nácar que lo componían y caer plásticamente sobre la vieja alfombra, desparramadas.-

                El desconsuelo familiar por aquel abanico duró casi una semana.

Mi tía lloraba en su cama, en el salón de costura, en la cocina, en la sala...

Yo, no entendía porqué tamaña penitencia, porqué los golpes de mi madre y, especialmente porqué mi tía, mi querida tía, la que tanto me mimaba siempre, había dejado de hablarme.-

                Ahora tengo partes de él en mis manos. Las que primorosamente una a una mi abuela anudó en señal de consuelo con una cinta de raso, gesto  que a la  hija por supuesto,  no le resultó suficiente.-

                Sentados en posición flor de loto  mi madre y yo  frente al arcón seguimos descartando y atesorando recuerdos. Le muestro los trozos de nácar y me entero de su historia.-

Para mi era tan sólo un objeto traído desde muy lejos que la tía en gesto soberbio lucía  cual una diadema y guardaba bajo siete llaves como  cinturón de castidad.

                En esa posición de descanso nos quedamos mirando la luz que penetraba  por la buhardilla deformándose  en colores resplandecientes y al gran arco iris tiñendo  el techo y las paredes de la pequeña habitación.-

Era el clima perfecto para conocer de boca de mi madre la historia del abanico, que tan importante era para su hermana.-

Me entero entonces, que  en el  largo viaje en barco, volviendo a su país, la tía recibió el abanico de manos del Capitán.-

Durante diecisiete  plácidos días cenaron juntos a la luz de las velas; diecisiete soles a la hora del ocaso, siempre diferentes, les colorearon el rostro sobre la cubierta... y supongo,   también diecisiete noches de forma distinta, hicieron el amor.-

                El barco llegó  a puerto. El viaje terminaba y entre los saludos de familiares y amigos, la enorme cantidad de cajas con sombreros parisinos, de valijas españolas, de repletos arcones con cristales de Murano, estaba el abanico de nácar. Pero no el  Capitán. Según parece lo esperó dos años. Ni una señal.-

                El abanico anudado por la abuela se abre en mi mano.

¿Qué hacemos con él, mamá? Esto sí... aquello no....Días después con un saludo breve nos despedimos del comisionista y mamá entregó las llaves y  la casa.-

                Ahora me dirijo solo hacia la capilla de la estancia. Son veinticinco kilómetros de balastro hasta el primer portón.

                Entro, enciendo una vela, dos, tres.. cien. No se las que hay en el altar, pero alumbran tanto como las luces de la parroquia del pueblo en los tiempos de las arañas de cristal. Esa penumbra me permite ver con claridad las bóvedas de mis abuelos y de mi tía, sepultados en aquella capilla de la estancia familiar.

                Inclinado en el sepulcro abro el abanico con delicadeza y lo apoyo en el mármol bajo el retrato de mi tía en sus años de primavera.

                Las velas arden y su luz imprime un color especial al  recinto, un arco iris que surge desde el nácar y baña las paredes y  mis manos,  las que en señal de respeto, sin pensarlo, cruzan mi frente  y mi pecho formando la señal de la cruz.-

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 12:40, Categoría: cuento
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gabriel impaglione: spiegazioni con mare e altre elementi

Explicaciones con mar y otros elementos- Gabriel Impaglione -

                   Poesia. Uni Service (Trento) 2007.
                   Edicion Bilingue italiano/español
Obra de Tapa: Emilio Reato-(Argentina)- "Peces, Caja de peces". Pintura. (www.emilioreato.com.ar)
Link directo a web de Uni Service:(se puede adquirir via internet)

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 12:15, Categoría: periodico
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Vicente Rodríguez Nietzsche, Puerto Rico

Vicente Rodríguez Nietzsche

Puerto Rico

NUEVE MESES       

  

Al ir maternizando tu estatura

el tiempo sabe su labor humana.

Prepara el nacimiento que mañana

prolongará la vida ya segura.

 

Construye el elemento  que en ternura

desbordará tu amor  la más ufana

preparación para cantar tu nana.

Sabe en meses lograr su tierna hechura.

 

Con paciencia ligada al alimento

se va formando definido el ser.

Segundo tras segundo es su crecer.

 

Continua formación fuera del viento

que salida de ti tendrá el aliento

de tu redondo pecho de mujer.

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 11:29, Categoría: poesia
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Almandrade (Antônio Luiz M. Andrade) Brasil

Un museo precario
de la ciudad
apenas en el nombre.
Ni siquiera a lo lejos
una zamba,
sólo el ruido de la calle.
Pero la belleza sabia
repuso en la sutileza
de la muchacha de negro
que no es la transeúnte
de Baudelaire…
Desconfiada y fugitiva
se recoge.

Um museu precário,
da cidade
apenas no nome.
Nem ao longe
um samba,
só o barulho da rua.
Mas a beleza sábia
repousou na sutileza
da moça de preto
que não é a passante
de Baudelaire...
Desconfiada e fugitiva
se recolhe.

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 11:05, Categoría: poesia
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carlos costa grajales, uruguay

Carlos Costa Grajales

Uruguay

“La visita de los viernes”

 

El pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. La apagó al mismo tiempo que levantó el auricular.

Era Mara, su madre. Al escucharla  buscó algo en que descargar su energía y con el inalámbrico entre el hombro y su oído comenzó a preparar mayonesa.-

Ella, como tantas veces le reprochó mil cosas: su ambigüedad sexual, su ausencia, la falta de llamadas telefónicas...Federico  batía cada vez con mayor fruición oyendo  paciente las recriminaciones.-

Hacía ya tiempo que tratando el tema con su psicoanalista, consideró que la única forma de llevarse bien con su madre, de no sentir culpa por su opción sexual, fue decidirse  por vivir solo y lejos, aunque ello implicara abandonar a Mara entre dieciesiete habitaciones y un gran  parque arbolado de dos hectáreas.-

No había muchas opciones: morir con su madre en el “castillo” entre penumbras y recuerdos, o vivir con dignidad y libertad,  en un barrio en que quizás se había perdido el aroma a jacintos y azucenas  de antaño y hoy era  blanco preferido por delincuentes y desesperanzados que, a falta de trabajo honesto, intentaban sobrevivir en el delito,  pero del cual de todas maneras ya formaba parte.-

La enorme distancia que, necesariamente se establecía entre ambos se notaba en los monosílabos, en las frases breves: -”si madre”- , “claro madre...”- “usé el producto que me dijiste madre”, “quedó perfecto madre”... “Si, claro, el tercer aniversario”; ”por supuesto que no lo olvidé, si, si, ya sé  el viernes”..., “si  por supuesto, rosas amarillas, me los has dicho mil veces,...si mamá, ya sé, ya sé, no es necesario, Sí. Todos los malditos años lo mismo...bueno suena el portero, tengo que colgar. Si , ya te dije que sí.  Esta bien madre, es mi vida. ¿No te gusta? Lo lamento. Yo no soy Fernando ni lo seré jamás. Chau”.-

Mara lentamente apoya el auricular sobre su teléfono blanco con detalles de repujado en bronce. Lo hace con dificultad motriz, con esfuerzo e impotencia.

“No tiene remedio” habla para sí, y su voz se apaga en la sala extensa iluminada apenas por la ventana del comedor. Su escueta figura, lánguida y frágil se abandona hundida en una gran bergère de raso blanco rodeada de lujosas lámparas “Tiffany”, de valiosas pinturas, de pequeños tesoros...

La luz se desvanece temprano y el gran carrillón retoma la melodía, como todas las tardes a las siete. Cada vez la penumbra ahoga más el espacio y apenas se divisa el sillón blanco en el que Mara se recoge como un gato hasta desaparecer en la total oscuridad que sobreviene al ocaso.-

Son las ocho de la mañana siguiente y Lilí, la mucama, repliega los cortinados de la alcoba que  se ilumina  con los rayos del sol. Trae una bandeja con el desayuno. Mara despierta.

“Lilí, corre las cortinas, te lo he dicho mil veces. Esta es la última. Si mañana haces lo mismo considérate despedida.”

“Perdón madame, dice Lilí con la voz quebrada. Pensé que le haría bien un poco de luz, dejar entrar el sol”.

“Pavadas. Odio el sol, la luz. Me da jaqueca, y tú lo sabes. Apúrate y oscurece la habitación. Tomaré el desayuno y luego me despertarás para almorzar. Algo frugal y liviano, como siempre”.

“¿Que le apetece hoy madame?”

“Lo que sea, elíge tú y no sirvas más que un plato. no tendré apetito, estoy  segura”.-

“Si madame, como usted diga”

“¿Le recordaste al florista las rosas amarillas?”

“Como todos los viernes, Madame”

“Asegúrate que sean frescas. Las últimas duraron muy poco.”

Lilí vuelve con las rosas y piensa en el florista, buen mozo y agradable, ya van tres años que los viernes retira 24 rosas amarillas. Mientras camina moviendo las caderas acompasadamente, segura de que el florista la está mirando, cuenta las rosas. Se asombra: un año, casi 53 semanas. Mentalmente y con dificultad multiplica 53 semanas por 24 rosas, en un año son 1.272 flores... espera ansiosa llegar a la casa, en la cocina hará las cuentas con lápiz y papel.

Nuevamente el asombro, estupefacta revisa una y otra vez la cantidad. No hay error, en tres años Mara ha comprado al mismo florista todos los viernes un total de 3.816 rosas amarillas. Convencida decide apostar esos números en la tómbola de la tarde. Con desgano y sin  arte deposita las flores en un jarrón de porcelana con bastante agua y una aspirina para que duren más. Son hermosas, todas en capullos. Debería usarlas una novia, piensa ilusionada, pero de inmediato un escalofrío le corre por la espalda y apurada, casi corriendo, recoge una franela y huye hacia la sala.-

Eduardo enciende con cuidado el motor vigoroso y suave del coche negro. Lo lustró temprano como todos los viernes. Lleva obligatoriamente su traje oscuro y gorro negro con visera y cordón dorado, propio de su uniforme.-

Mara envuelta en una capa de astracán , guantes de cabretilla negros y una pamela de piel oscura, sube al asiento posterior. A su lado las rosas y un libro. Bajo el asiento dos copas y un pequeño botellón de cristal con licor de menta. Al fin se detienen y Eduardo le  abre la puerta.-

Mara emprende con paso firme y ansioso el camino de siempre.

Detrás el chofer con el libro, las flores, copas y botellón la sigue a prudente distancia.-

Sabe que volverá al auto y escuchará radio durante tres o cuatro horas, como todos los viernes. El salario es muy bueno,  y el trabajo aliviado. Ojalá la vieja siga con su locuras. El, contento, disfrutará del habano robado de la sala y después abrirá las cuatro puertas del coche durante  quince minutos, para que el olor se disipe y la vieja no se de cuenta.

Mara sigue presurosa, camina por un sendero de piedras entre la gramilla, respira profundo. El aroma de eucaliptus y cipreses la embarga y por primera vez en el día esboza una sonrisa. Camina entre grandes monumentos y  ángeles  de mármol blanco, esculturas piadosas y perfectas. No las mira, sus ojos solo apuntan a un lugar...

Al fin llega, entrega las llaves a Eduardo y éste abre la pesada puerta de hierro, deposita los enseres y sin que madame gesticule, se retira conociendo la rutina y el  carácter de su patrona.-

Ella entra al recinto de granito. Deposita las flores sobre el  altar. Dedica varios minutos en cortar tallos y medir la altura de cada flor  hasta lograr un perfecto ramo de veinticuatro rosas amarillas. Con delicadeza acomoda el  ánfora  en  medio del altar sobre la carpeta de encaje antiguo, que fuera el velo de su casamiento. Se persigna ante la gran cruz de plata y se sienta en la mecedora.-

La luz penetra suavemente por todo el recinto. Los colores brillantes  de la cúpula  y los tres enormes vitrales reflejan un arco iris intenso surgiendo de ellos  imágenes místicas.-

Prosigue su ritual: enciende las veinticuatro velas amarillas de los enormes candelabros de bronce que como guardianes custodian el altar, uno de cada lado, altos, majestuosos, trepan desde el suelo de mármol  queriendo llegar al techo y miden seguramente más de un metro y medio.-

Mara siente el frío en sus huesos, fatigada y abatida como todos los viernes. Siente algo de alivio al ver las rosas en su lugar, terminando de encender la última de veinticuatro velas amarillas... Ahora sólo le resta abrir la cubierta del viejo combinado musical, limpiar el único disco de pasta que hay, y ponerlo a funcionar.-

Ahora sí, se distiende. Sonríe observando el altar, coge el libro, se acomoda en la mecedora vienesa y busca el último capítulo del viernes anterior.

Comienza a leer el siguiente, con la voz dulce, pausada, suave,  con lentitud y excelente dicción; no abandona su tarea, su voz baja hasta  ser casi susurros, pero sigue en su afán de leer hasta que los vitrales se tornan oscuros cuando muere la luz. No se inquieta, con sus lentillas apoyadas en medio del tabique de su delicada nariz,  acerca la mecedora al candelabro más próximo y continúa leyendo.

Cada viernes un capítulo, cada mes una historia diferente.Al fin cierra el libro, deja caer las gafas y apoyando las manos sobre el regazo, se mece en el sillón, comenta las novedades de la semana, los disgustos con su hijo Federico, tan díscolo, tan diferente e indiferente y los cansados ojos se humedecen  cuando del altar retira el enorme portarretrato  tallado, y entonces, sin congoja, pero con ternura, sin llanto, pero con temblor, lo acerca a sus labios, besa el cristal y observa a Fernando con sus cabellos dorados, sus ojos azules y esa sonrisa que descubre la dentadura perfecta y la vitalidad de deportista que siempre tuvo.

El disco ya está dejando de girar y el nocturno de Chopin llegando a su fin. Era el preferido de su  hijo predilecto que siempre lo tocaba después de cenar, disfrutando lentamente el licor de menta servido en una copa de cristal de Baccarat.-

Mara se levanta con dificultad, coloca el retrato en su lugar, llena las copas con el licor, alza la suya y apoya la otra en el altar sin dejar de mirar la fotografía.-

 En ese instante la llama de las velas se estremecen como si una brisa helada las soplara desde muy lejos.  Mara observa y sonríe. Bebe uno, dos sorbos de licor.

Ya es noche cerrada. Eduardo discretamente golpea al vidrio de la puerta.

Mara sin sorprenderse, como esperando ese momento, quizás ya medido por el tiempo en que gira el disco, sabe que debe despedirse... otro enorme beso a Fernando en aquella foto donde se lo ve hermoso, resplandeciente con su brazo izquierdo apoyado en la avioneta bimotor con dos rosas amarillas pintadas, una en cada ala.-

Sale despaciosamente de la bóveda, señala con un marcador el capítulo que leerá el próximo viernes.

Eduardo recoge las copas, apaga las velas y cierra la puerta con la gran llave de hierro negro.

Mientras ella apura el paso entre ángeles de mármol que la observan con piedad, Eduardo guarda la llave en el bolsillo de su uniforme y en un impulso, casi sin quererlo,  vuelve sobre sus pasos, se detiene ante la capilla, murmura una oración que recuerda a medias y absorto contempla las letras de bronce.

 Lee con detenimiento lo que ya conoce: “Aquí yace Fernando Ponce Asturriaga. Gentilhombre y amoroso hijo permanecerá vivo por siempre en el corazón de su madre”

Eduardo baja la vista, debajo del epitafio, con letras más pequeñas y pese a la noche que se cierne sobre los pinos, lee con un poco de dificultad: “Nacido en 1964 - Fallecido el viernes 24 de octubre de 1988 a la edad de 24 años. Que brille para él la luz eterna. Sus compañeros de la Base Aérea  de Aeroparque San Miguel”.-

Luego  emprende el camino de regreso. Divisa a su patrona ya envuelta en el abrigo y sentada en el coche, esperando el próximo viernes.

 “¿Qué me pasa hoy?” -se pregunta el chofer en voz alta- total, los muertos no escuchan; y el sepulturero está lejos esperándolo para cerrar  la reja.-

No sabe porqué pero este viernes, se conmovió tanto como el primero.

Después de tres años, cada viernes igual ceremonia y sin embargo hoy afloja. No lo entiende, no se entiende,  lo abruma la culpa, las  burlas entre amigos, los maliciosos  comentarios familiares... y entonces, al fin comprende a  la “vieja loca”. Perdón,...a madame.-

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 11:00, Categoría: cuento
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carlos costa grajales, uruguay

Carlos Costa Grajales

Uruguay

“Dolores del San Salvador”

 

Bajo colinas onduladas, emerge mi Dolores,

a la vera del río que bautizó a Tabaré.

Camino las calles desiertas en la siesta del estío,

sobre la arena húmeda, madre de los sauces,

pescando dolores, me acuesto a llorar.

 

Me impregno de la savia que emerge poderosa

en la península que bordea a la ciudad.

Más que ciudad, pueblo, donde alardea la miseria,

con el  brillo fastuoso y la opulencia,

y también a veces, el gesto amargo del rencor.

 

Me alegra el bullicio juvenil que acompaña en comparsa,

carrozas de flores cada primavera...

Son adolescentes, como Juanle, mi hijo,

los  que liberan  sueños y proezas

alimentando  fantasías, apostando al premio y a la reina.

 

No significan nada, pero alimentan el ego y el crecimiento,

de treinta y tantas generaciones rehaciendo primaveras.

Yo tuve las mías...no se si supe vivirlas

pero hoy las recuerdo, no sin pena,

intentando zurcir pedazos de la vida

pegando filamentos de mi adolescencia.-

 

Dolores es dolores y no en vano va su nombre:

argucias, ambiciones, premios y castigos,

comentarios  vanos, lenguas disparadas al resentimiento,

vulgares, sin piedad y sin testigos conocidos...

 

Encuentros deseados y no tanto,

por  veredas limpias de diferentes plazas:

la de arriba y la de abajo;

el centro y la pobreza, lo bueno y lo malo,

las viperinas lenguas y la nuestra,

la bondad desatada y la cultura fresca,

la imagen de la Virgen dolorosa,

los campanarios hermosos de su iglesia,

los ladrillos viejos con aire de aldea

que alguna vieja rica quiso teñir de arena.

 

Dolores es dolores y sufre su osamenta

Cuando el trabajo no vale,

o no escuchan su conciencia,

aquellos que diciendo amarla, la lastiman

y la despedazan sin benevolencia,

en terribles altercados de ignominia,

que hacen que el progreso se arrepienta,

de aquellos que sentados sobre la vereda,

en  noches de estío, sin mirar las estrellas,

convidan al que pasa a pie o en bicicleta,

en el coche más caro, o en la profunda pobreza,

con el aliento maloliente de sus lenguas.-

 

Gracias a la Virgen dolorosa esos no interesan,

los doloreños viven, gozan y se ufanan en destreza,

por conseguir lo inalcanzable,

con su buena voluntad y la riqueza,

de las almas nobles que bendice el río,

y que su innata solidaridad alimenta.-

 

Ellos son los doloreños, y no otros,

los que sueñan, los que piensan,

Los que curan enfermos, y no juzgan,

los que huelen a harina, a trigo, a huerta.-

Los que cuidan niños y ancianos, lavan y friegan,

los uniformados, los maestros, y todos los que entregan,

luchando día a día por crecer,

haciendo suyo el  pueblo cual  emblema.-

 

Ellos y no los otros,  enorgullecen mi alma,

y me alejan de la melancolía del sauce y de la queja,

alimentando mi alma de fe nueva,

regalando la sonrisa sin reservas,

obligándose a ser gente sincera,

sin falsos oropeles o internas miserias,

con el aliento fresco y la mente clara,

 la mirada límpida, transparente y tierna,

exuberante de amor, alegría y lujuria

por su ciudad dolorosa, que ya no sea,

aunque la Santa Patrona, por leyenda y tradición

a mi ciudad natal tan penoso nombre diera.-

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 10:54, Categoría: poesia
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carlos costa grajales, uruguay

LA MONJA Y EL CABALLERO

 

La monja viste de negro, negro como el luto hacia los muertos.

La monja gitana tiene sus ojos negros, grandes, brillantes, moros, como el negro de su atuendo.

Y negras son las pestañas y de aceituna su cuerpo, trigueño, fibroso y brillo, que le viene en nacimiento.

 

La monja fue quinceañera. Era hija de un herrero.

El aprendiz la esperaba cada tarde en el viñedo.

Ella le preguntaba: ¿a quién esperas en silencio?

El siempre le contestaba: -a tí morena, agua de azúcar, piel de alelíes y ojos de ciervo, a tí,  detrás de las viñas por un beso yo te espero.

 

Pasaron días y noches, soles y truenos,

después de los nueve meses, la niña está pariendo.

Grande el dolor, la burla, grande el misterio.

¿de quién sería ese hijo qué osó en secreto mantenerlo?

-Dime, dice su padre: de quién es el crío o te apaleo.

Jamás lo diré señor, eso no importa soy yo la que lo llevo.

Dentro y fuera de entrañas, cerca y lejano en el tiempo,

este hijo, aunque no quiera, será todo mi desvelo.

 

                El padre no quiso oírla, llevó al crío hacia el destierro,

la madre lloró y gimió lanzando al cielo mil juramentos.

Todo fue en vano, nadie cambió el hecho,

 ni en la madre el sentimiento.

 

Años pasaron desde que el gitano la metió en el convento;

monja triste y devota, la fue puliendo el tiempo,

recogiendo hierbas buenas con que alejar su tormento.

 

Una noche de verano, un jinete se acercó al monasterio,

marchaba a trote firme como si se lo llevara el tiempo.

Era tarde y las monjas estaban todas durmiendo.

Sonando la campana  preguntó por la dama de sus desvelos,

ansioso de tantos tiempos, que al fin  podrían o no,

ser el camino al silencio, después de aquellos sonidos

que le golpeaban en sueños.

 

_ ¿Eres tu madre querida, te llamas Mora o Sor Silencio?

_¿Eres tú hijo de mi alma, al que hace veinte años llevé en mis entrañas?

_No lo sé señora. Dícese que hay una sola forma de saberlo:

¿dónde tengo un lunar grande con forma de vid en mi cuerpo?

_Lo tienes bajo tu espalda del lado derecho-

¡Oh, madre, al fin dejará de doler mi pecho!

¡Oh, hijo, al fin dejaré el convento!

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 10:45, Categoría: poesia
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Indran Amirthanayagam, sry lanka

YACIMIENTO

 

Cuando me regalaste

la pregunta que desató

mi lengua esa mañana

en la universidad entendí

 

que en el tiempo breve

que nos fue dado

para pisar la tierra

no hay otro cultivo

 

que amarte de raíz

a flor, regarte con todas

las aguas en que me bañaban

los maestros: mamá

 

con su cuchara de aceite

de bacalao, T.S. Eliot

en camino de crustáceo

por la ciudad de ennui,

 

el sacerdote

que me hablaba

del hambre y la herencia

de los pobres, esos elefantes

 

gentiles que comían

hojas y vivían

en familias majestuosas,

el mono travieso

 

que me robó la azúcar

una madrugada

en la terraza del bungalow

en Hambantota

 

donde habíamos llegado

para visitar

los yacimientos de sal.

Mi papá dirigía

 

la producción

en toda la isla

y era poeta además

de hombre del estado,

 

un buen puente

entre comercio y belleza

y las necesidades

del pueblo

 

y de las gaviotas

que aterrizaban

en los yacimientos

buscando peces…

 

el oxígeno azul

de esas mañanas

cuando mi papá

me llevaba a descubrir

 

los secretos de la sal;

él creyó en el gobierno

de los sentidos,

como yo en este poema

 

escrito en los yacimientos

que me enseñaste

con tu pregunta

que era invitación

 

a recordar

las reconciliaciones

cuyo aprendizaje

empezó de niño

 

jugando

en el carruaje

que llevaba la sal 

al mercado.

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 10:37, Categoría: poesia
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armando tejada gomez, argentina

ZAMBA AZUL

Letra de Tito Francia (Armando Tejada Gomez)

Musica de Tito Francia (Armando Tejada Gomez)

 

Como un limpio amanecer

Era tu pollera azul

Cielo por la zamba

Duende andaba en el aire

Enredándote a mi voz

Mientras mi guitarra

Buscaba en el alba

Coplas que cantaran

Nuestro amor.

 

Siempre te recordaré

Junto a tu paisaje azul

Sombra que no olvido

Silueta del río

Vestida de trigo y luz

Como se dormía

La tarde en tu pelo

Con un sueño

Inmensamente azul.

 

La noche te vio bailar

Azul en los ojos del rocío

Adonde iría el viento

Que tu voz quedó conmigo

Luna, copla, río, aroma,

Valle azul de zamba

Dulce región de mi soledad.

 

Guardo aquel pañuelo azul

Que me diste en el adiós

Te llevo la tarde

Rumbo a su misterio

Cuando agonizaba el sol

Pero te quedas

Ya quieta en el silencio

Donde duerme

El viento de mi voz.

 

Dicen que el olvido es cruel

Que no vuelve del adiós

Pero mi guitarra

Suena a zamba tuya

Cuando por la noche estoy

Buscándole grillos

Que canten tu nombre

En la oscura voz

Del diapasón

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 10:35, Categoría: poesia
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ronaldo montes, brasil

Ronaldo Monte
Maceió, Alagoas, em 1947.
GIORDANO BRUNO

Não procures de quem és
vestígio
ou quem te faz
de efeito remoto

Pois nenhum corpo
quer ter como
vestes
as que desnudam
ombros e traseiros

Fica-te assim
impura substância
mescla de espelhos
de sombra
de enigma.
De: Espelhos e enigmas

Fte: Poesia. Net

Por lobitogabriel - 23 de Febrero, 2007, 10:34, Categoría: poesia
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